Frevo, afoxé, maculelê, maracatu, ciranda, coco, caboclinho, xaxado, baião e xote. Todo eso es ritmo. Café de mañana con gallina cabidela, yuca y carne de sol en el Mercado da Madalena, catamarán en la noche del Capibaripe, navíos en el fundo del mar, esculturas eróticas en un jardín surreal. Todo eso es Recife. Ciudad explayada, llena de puentes, llena de vida, acogedora, ferviente.

En 1637, desembarcaba en Nieuw Holland, Johan Maurits van Nassau-Siegen. El Conde de Nassau desembarcaba en la Nueva Holanda para vencer las condiciones geográficas locales, drenando pantanos y construyendo puentes, diques y canales. Con el llegaran la ciencia, las artes y la tolerancia religiosa. Gracias a Nassau, una plétora de naturalistas ha venido a estudiar la farmacopea local y las enfermedades tropicales; pintores han retratado la flora y la fauna y los judíos portugueses perseguidos por la Inquisición han encontrado abrigo en lo que hoy es Recife.

Fiel a sus orígenes, Recife brilla por su cultura y pela amplitud de su espirito. En 1996, con la unión de facultades y escuelas creadas a partir de 1827, se ha creado el primer centro universitario del Norte y Nordeste brasileños, lo que demuestra, así como la restauración de las casas de la Rua do Bom Jesus y la reconstrucción de la Sinagoga Kahal Zur Israel, que la influencia de Nassau, en el poco tiempo que ha durado, ha cuñado valores indestructibles.